Sobre lunas, estrellas y flores

La pequeña niña vivía envuelta en su melaconlía y sus ensoñaciones. Tiempo atrás, había estado conversado con la luna, pero ella, hermosa y radiante, rubia y perfecta, no había sabido apreciar su dulzura, su dedicación, su ilusión de amar y ser amada.

Estando así, sumida en un letargo de soledad, surcó el cielo una solitaria estrella fugaz. Desde el primer momento que la vió, supo que sería “su” estrella. La llamó a gritos y sin darse cuenta, ella vino con su fragante cola a posarse a su lado diciéndole, “hace mucho tiempo que te veo, esperaba ansiosa el momento que me descubras”, y la llevó a conocer lugares lejanos, músicas desconocidas, poesías etéreas ¡qué felicidad! Era como haber conocido a su alma gemela. Asi pasaron los días y llegaron a ser meses, y la felicidad que embargaba a ambos era inmensa, a tal punto de sentir que estaban hechos el uno para el otro.

Pero la realidad se posó en medio de ellos como un cachetazo, y los dejó mudos y tristes. La estrella no pertenecía a su mundo, y no podían seguir prolongando un final inevitable, tenía que seguir su viaje. Llegó un día, que mientras dormía la niña en su regazo, la dejó caer suavemente, mirándola con ojos tristes, anhelando los días de felicidad que habían compartido. Ella no pudo hacer nada, dormida como estaba, simplemente cayó dulcemente.

Al despertar, un aroma increíble la envolvió. Estaba acostada en una cama natural de flores, jazmines y nardos impregnaban su pequeña nariz. Pero estaba sola. Buscó desperada a su estrella favorita, y no la vió por ningún lado. Las lágrimas comenzaron a rodar irremediablemente, y la tristeza envolvió su alma.

Así quedó largo rato, sin sentir, que el sol asomaba por el horizonte y comenzaba a calentar el aire. Miró las flores que la rodeaban, y se dió cuenta que la estaban acariciando sutilmente, tratando de alguna manera, de contener su dolor.

Pasó el tiempo, y como todo, comenzó a cicatrizar la herida que sentía. Cada vez que miraba el cielo, desde su nuevo lugar favorito, junto a los jazmines y los nardos, recordaba a su vieja amiga y hasta alguna vez, le pareció escuchar un susurro en su oído: “siempre estaré con vos, mi niña” que tranquilizaba su alma.

© la gurisa

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Si si, algo tengo que hacer mientras no corro….