Cruce de los Andes, parte II

Ese primer día en el Camping “Los Césares” fue increíble, el sol, las montañas, el lago de ensueño.
Después de almorzar, nos fuimos a remojar al lago. Apenas a orillas del campamento, estaba todo el mundo, era la torre de babel, mil idiomas pero todos iradiabamos felicidad. Mi rodilla agradecida por el fresco del agua, aunque pasados unos minutos ya se sentía bien. Y me dieron ganas de nadar. Migue me miraba como si me hubiera poseído un demonio. Es que encontré en él, a alguien más friolento que yo, cosa que pensaba imposible. Pero asi es.

Para la derecha, a lo lejos , se veía una playita con menos gente, asi que rumbeamos para allá y yo pude dedicarme a disfrutar del agua a mi antojo. Se veía hasta la última piedra del fondo.

Llegaba la hora de las curaciones, las heridas de guerra eran muchas. Para empezar, se me habían hecho unas ampollas en cada articulación del dedo gordo, la rodilla me dolía un poco, asique luego de unos masajes y estiramientos, me emparché y nos dedicamos a disfrutar las tarde espectacular que hacía.

Andaba desesperada por un café (para variar) pero no lograba conseguir agua caliente, se había terminado en la cantina, y el baño estaba cerrado para conectar el calentador electrico que tenía. Estaba tan desesperada que me fui a preguntarles a los del camión generador, que daba energía al centro de datos de la organización si me dejaban enchufar. Obvio que un NO rotundo fue la respuesta, pero justo ví que abrían el expendio de agua nuevamente, y alcancé a poner nuestros vasos térmicos en la cola antes que la vuelvan a cerrar. Ya anoté para la próxima, traer un calentador a combustible por lo menos para el agua caliente.

La tarde iba cayendo y se fue llenando el aire de humo de la carne a la parrilla que cocinaban para la cena. Fue medio caotíca, se hizo tarde, se superpuso con la charla técnica, y al final, entre una cosa y otra nos acostamos recién cerca de medianoche, y al otro día había que entregar tempranísimo los containers.

Durante la madrugada, pasó lo que temía que pasara. Quise ir al baño, y mientras me decidía a ir o no, desperté sin querer a Migue y fuimos con nuestros frontales en la cabeza, cruzando el campamento en completo silencio. Hacía frío y estaba húmedo. Éramos dos luciérnagas perdidas por la cordillera.

Ya a las cinco de la madrugada, la fiebre comezó a hervir alrededor y nos despertamos sin necesidad del aparato. Durante la noche había llovido y una fina capa de agua lo impregnaba todo. Había que apurarse, si no entregábamos a tiempo el container, no llegaba hasta la noche en el segundo campamento.

Metidos a medias en la carpa, tomamos nuestro café con leche (bueno, migue se tomó un nesquik, o “colacao” como él le decía) con pancitos con mermelada de frambuesa, pasas, nueces y yo le adosé una barrita energética sabor mazapán, Casi como un hotel 5 estrellas.


Teníamos el “día fácil” por delante.

Se larga en tandas de cincuenta, y nos toca la cuarta salida por los tiempos del día anterior. Parques Nacionales, le había dicho al organizador, que era imposible que larguen 900 almas y se metan de golpe en el parque. Nos pusimos atrás, casi cuando estaban por salir. Y fue asi… sin dolor, como suele decirse.

Fuimos poco tiempo por un camino de ripio, hasta meternos en unos senderos que bordeaban el Manso, y entramos en lo que parecía un bosquecito encantado, en el que era imposible pasar a alguien, y los que iban con nosotros caminaban. Asi que, a caminar… hasta un mallin seco, que tampoco se podía correr demasiado. Era imposible. Era como si fuera un piso de cerámica con huellas de animales incorporada que hacen que estés por caerte a cada rato.

Llegamos a un camino de montaña para autos y lo corrimos mientras no subía, y esto de haber corrido casi todo el tiempo, hizo que mis rodillas empiezen a pasarme factura.

Los últimos kilómetros venía mal. Me dolía. Pero quería llegar de una vez. Pasamos por un puesto de gendarmería y pensé que habíamos terminado. No, faltaba un poco. Alguien nos dice que ya casi estamos, “¡el último esfuerzo!”. Migue me da la mano para darme fuerzas, y se lo agradezco de corazón. Con la bandera de nuestro Sponsor en una mano y mi compañero llevándome de la mano, vemos el arco de llegada, y entramos…


Armamos la carpa bajo una fina llovizna, que poco a poco dejó paso a un hermoso día. Era tempranísimo, ni las once de la mañana y después de picar algo nos fuimos para el rio, a intentar relajar las piernas en el agua del Manso. Cosa imposible, duré menos de 20 segundo con las rodillas en el agua, sentía que los pies me iban a explotar. Esteban me decía: “aguantá el primer minuto que después se banca”. Salí desesperada, me agarré a Zanetti y me doble en dos con los ojos cerrados porque no aguantaba el dolor que sentía en los pies. Y se ve que a una pobre ranita de 1 cm de largo que andaba por ahí le había ido peor: directamente le faltaba una pierna…

Estaba cansada, al cerrar los ojos a la siesta, fue como adentrarme en un mundo de pesadillas, cuando quise despertarme a la hora y media, me era imposible, era como que un hilo de plata me succionaba y no me dejaba escapar. Sólo el calor que sentía (creo) fue lo que me hizo salir del pequeño horno que se había convertido la carpa. No había estirado demasiado, y temía que me quede agarrotada, asi que nos fuimos cerca del rio y “hacía que” estiraba, al final se convirtió en una merienda grupal improvisada y nos pusimos todos en ronda de indios. Hablando, como si estuvieramos en guerra y planearamos la estrategia para la batalla de mañana.

Como siempre, llegó la noche y entre una cosa y la otra se hizo tarde. Pero, no se si por la siesta o porqué, seguimos habando con Migue largo rato, como si estuvierámos en un pijama party de adolescentes, sin querer dormir y que no termine nunca el día.

Amaneció gélido. Yo me había acostado ya con la ropa que iba a correr, para no tener que cambiarme (obvio que sin la pechera, que a esta altura, la única forma de tenerla cerca, era por el lado de afuera, ya que habíamos decidido conjuntamente que no la lavábamos hasta terminar la carrera), fue un desayuno automático, en silencio, solo se podía escuchar el tiritar de cada cuerpo.

La largada era a las 7:30, para intentar tener algún indicio de luz. Yo no podía entrar en calor, y Miguel menos. Cuando casi era la hora, nos fuimos para la largada. Este día, salimos con los bastones, sabíamos que iban a ser imprescindibles, y asi fue.

Como autómata voy a ponerme en posición después de la tercera salida. Era nuestro turno. Miguel no está seguro, no sabe nada, no se entera de nada, lo está pasando peor que yo. Comenzamos a correr y yo no siento los pies, los tengo dormidos por el frío. La rodilla me duele mucho, voy detrás de él, lo sigo y hay un momento que tengo ganas de llorar, lo trago, sigo corriendo. Ya es de día y hace media hora que estamos en carrera, pero no puedo entrar en calor, los músculos no me responden. Hace rato que nos pasaron casi todos los de la quinta largada, voy mal. Las bajadas son una tortura china.

Ya pasó una hora, y puedo decir que mis piernas me responden, Ya me saqué el rompevientos que tenía bajo la pechera como único abrigo y voy mejor. Nos metemos en unos seneros medio selváticos, donde el camino esta hecho por debajo del nivel del suelo, es como ir por un pasillo. De repente, vienen tres personas en la dirección contraria, son los punteros de la categoría mixtos, con un guía de montaña que los lleva hacia algún lado, evidentemente algo les pasó que abandonaron. Hasta hoy no lo sé.

Comienzan las mallines, esta vez son húmedos, y depende por donde toque pasar, llegan al tobillo o a la rodilla, y hasta alguno que quiso probar camino, quedo sumergido hasta a cintura en ese fango líquido y pantanoso. Pero como el humor ya estaba con nosotros, lo pasamos bien. Cuidando nada mas no doblarnos nada. Ya bastante tenemos en la mochila.

En algún momento comenzamos a meternos por sendero cada vez mas cerrados, siempre para arriba. Nos topamos con varios arroyos de montaña que tienen “puentes” improvisados, troncos con alguna soga o algo similar. De repente, en el medio de la nada, un kiosco, con lista de precios y todo, parecía chiste. Supongo que era para los montañistas que caminan por ahí, pero parecía un chiste. Miguel por fin para a hacer pis, hace dos horas reloj que viene diciendo que quiere, como los niños.

Y seguimos corriendo, cada vez con mas obstáculos, decenas de árboles caídos que hay que pasarlos por arriba o por abajo, te van rompiendo las piernas de a poco, lentamente. Hay algunos senderos inundados, con maderas para pasarlos. La única manera es ir tanteando con el bastón la profundidad, para no caer en algún pozo profundo, y así todo, de repente mi pierna izquierda cae, y se hunde hasta arriba de la rodilla, una trampa me sujeta el pié, no lo puedo sacar, y no veo nada ya que es barro líquido, mi pié tiene a los dos lados maderas, o algo que lo retiene, Miguel intenta ayudarme, entre los dos agarramos mi pierna y no podemos, ¿qué hacemos? Lo volvemos a intentar entre los dos y por fin va cediendo. No se si antes o poco después, cruzamos a unos corredores que estan barados al costado, uno sentado en algún recodo de la roca y el otro sobre él: lo está cosiendo, tiene una abertura profunda desde arriba de la ceja hasta comenzado el cuero cabelludo, parece un labio vertical.

Cada vez mas arriba estamos, hasta que de repente, salimos a un espacio abierto, y nos chocamos con la vista de un glaciar increíble, y mas abajo, cascadas. Nos quedamos mirando como tontos, es impactante. Ahora hay que bajar por la roca, Migue trastabilla y cae de lleno sobre una roca pero se para rápido, me lo quedo mirando para verle la cara, pero me dice que esta bien, que cayó sobre la mochila. Al rato, por intentar agarrarme y no caerme, me sostengo de una planta espinosa y veo las estrellas, todo el guante me queda lleno de “toritos”, era la misma mano que me había quemado una ortiga antes, me río… es increíble…! Guardo el guante inutilizado y seguimos, se ve un valle. No se bien cuanto nos falta, mi compañero se niega a decirme cuanto vamos para que no me deprima, estamos ya hace muchas horas en carrera.

Ya estamos mas que mal los dos, el dolor de mi rodilla y el de su abductor van con nosotros como mudos ángeles negros. Es un dolor helado. Ya caminamos en cualquier lado, o remedamos corridas, apenas un poco mas de ritmo. Me había tomado cuatro geles pero el último sin poder terminarlo, me dió náuseas. Pero pensaba que tomando el isotónico estaba bien, le digo a cada rato que tome agua a Migue, no me hace caso, por un momento pienso en plantarme hasta que no tome algo, pero veo que bebe algo y desisto.

Según el gps de Migue, faltan mas de 9 km para llegar, que se nos antojan eternos. Pero comenzamos a escuchar voces, y yo me acuerdo de la vez que Estebita me mostró los planos del Club Andino y sabía que si estabamos cerca del lago Frias, después teníamos los úlitmos tres kilómetros, que ya nos habían dicho que eran en subida, pero ya casi estábamos.

Y si, nos topamos con el verde del Frias, yo no puedo mas, los gritos de los corredores que ya habían terminado y esperaban el barco no logran motivarme, Estebita y Zanetti nos gritan, nos aplauden ¡¡vamos chicos!! ya casi están, pero de no ser por Migue, mi carrera hubiera terminado ahi, cuando empezamos a subir (eran tres kilómetros con una pendiente de 200mts), vuelve a tirar de mi. A él, el darse cuenta que ya casi terminábamos, fue como una inyección de energía, se lo veía feliz, contento. Yo era una lacra. Agarré uno de los bastones y me fui ayudando para subir, y Migue tiraba de mi… no solo de la mano, sino con sus palabras. Comienza a hacerme una especie de entrevista, se reía, intentaba subirme la moral, pero me es casi imposible hablar. Caminamos abrazados como dos lisiaditos, y los corredores que van bajando nos alientan, nos dicen fuerza… fuerza! Es eterna la subida, no se bien cuanto tardamos, pero fue mucho tiempo.

Y de repente, el arco… hay que hacer una cosa rara, porque lo pusieron al revés para que en las fotos se vea el cartel de “Chile”, cruzamos, nos miramos incrédulos, estamos sucios, dolidos, emocionados, hambrientos, felices… y nos abrazamos agarrándonos con temor a que el otro se escape. Nos volvemos a mirar, seguimos sin poder creerlo, el tiempo se detiene y solo existimos él y yo.

Cruzando los Andes (parte 1)

Estoy con Miguel volando hacia Bariloche, y una mar de incertidumbres nos embarga. Aún no sabemos si podremos correr o no. Mi rodilla, recuperándose a 1.000 por hora de una tendinitis rotuliana, y su abductor, con mil dolores, no nos daban la seguridad de nada. Él desde la última media maratón no hacía nada; yo, desde hace quince días que me la pasaba en kinesiología, con hielo, nadando alguna vez o con algo de bici. ¿Podremos enfrentar el desafío?

Nos planteamos salir a “probarnos” las mañana de la acreditación. Y salimos. El gps nos decía que casi íbamos a 7… jaja… estábamos los que se dice “cagados en las patas”, pero igual decidimos no perdernos de estar en la salida del reto.

Partimos hacia la Villa Catedral, donde se hacía la acreditación y el armado del container que llevaría todos los efectos personales que despecharíamos para los campamentos. El día no podía ser mejor, el sol se desplegaba sobre el pequeño caserío Andino, de sueño. Todos estábamos exaltados, alegres, derrochando ansiedad por todos los poros.
La mañana de la carrera, madrugamos. Aunque mucho no se había podido dormir. Los nervios son terribles. Un desayuno a las apuradas, y a prepararse para la guerra (asi lo sentía yo). Vaselina en los pies, y en cada parte posible a rozar, chequear por enésima vez las cosas de las mochila, que estén los elementos obligatorios, lo que queríamos llevar.

La largada estaba a orillas del lago Mascardi, sobre la ruta es imposible pasarse, hay corredores por todos lados como hormigas alrededor de un pote de azucar. Casi sin darme cuenta, largan los primeros: “Caballeros”, “Mixtos” y “caballeros entre 80 y 100 años” salíamos segundos. Estoy nerviosa, ¿qué hay mas allá? No hay tiempo de pensar, la cuenta regresiva la gritamos nosotros y largamos… a los pocos metros, ya había que cruzar el primer arroyo, había gente que intentaba no mojarse las zapatillas ¿se habrán equivocado de carrera? Fue caótico, el pobre Estebita había perdido a su compañero Zanetti, desesperado gritaba para todos lados, había varios en la misma situación.

Antes del kilómetro 1.5, lo impensable: la tira de la cintura de mi mochila se rompe, me quedo con una parte en la mano y no lo creo. La até como pude, pero se me fue desatando varias veces, hasta que finalmente la enganché con la tira del cierre del bosillo de adelante (odié a José Salomón)
Después de hacer el costering por el lago, nos metimos por un sendero que subía, caminamos. Con mi rodilla, no me animaba a treparla corriendo, migue salió disparado para arriba y le grité que yo caminaba, me esperó mas arriba y seguimos por senderos cada vez mas para arriba, por ahí bajábamos y ahí yo lo disfrutaba un montón, era algo que había practicado bastante, haciendo zig zag con pasitos cortos como esquiando, adquiría una velocidad increíble…

Llegamos a una cumbre, según el que estaba en el puesto de control, la mas alta del día. Se veía de fondo el lago, las cumbres, el glaciar. Ni siquiera la nube de polvo rojo que levantábamos nosotros mismos, aplacaban la hermosura de lo que veíamos todos, anonadados.

Seguimos el camino que nos marcaban las cintas puestas cada tanto del CDC, y fuimos bordeando el lago. Aunque había bajadas y subidas, pasábamos gente. Cuando podíamos, pedíamos izquierda o derecha y avanzábamos, era divertido.

Cruzamos varios arroyitos mas, y de repente, entramos en un desierto, con matas bajas y poca sombra. El cansancio ya hacía mella en nosotros, y los dolores también. Mas de tres horas llevábamos corriendo y el calor era abrumador. Corría por inercia, por seguirlo a Migue, porque de haber estado sola, hubiera caminado. Casi siempre fui delante, marcando el ritmo yo, por ser la mas “lenta”, pero ahora me era imposible…

A lo lejos vemos el río Manso, imposible no detectarlo por su color celeste lechoso. Aún no se por que le llaman así, porque no tiene nada de manso. Cruzamos de la mano para jugar con el equilibrio mutuo, a los pocos metros siento un hacha en las piernas, es como haber metido las piernas en hielo, el dolor es feroz, ya no siento las piernas. Al salir nos dicen que faltan 700 metros… ¿cómo correrlos? si nos quedamos sin pies. Avanzamos torpemente, yo aún sin poder creer que falta tan poco, vamos casi cuatro horas, y de repente, empezamos a ver mas gente, corredores que caminan hacia donde veníamos. Entonces lo creo, estamos casi en meta, me embarga una emoción increíble, nos damos la mano con mi compañero de aventuras y pasamos el arco, mirando extasiados el lago Mascardi y fundiéndonos en un abrazo de felicidad.

Buscamos a los amigos, nos sacamos fotos con la mugre que llevabábamos. Estebita me dice: no lo vas creer! estás negra! jajaja, intento limpiarme con la pechera, pero ya está inutilizable…
Seguimos rumbo a la búsqueda de los containers, para armar el campamento y poder descansar. Por suerte teníamos contratada la comida de la organización, asi que ni bien armada la carpa nos fuimos por nuestros pollos a la parrila con ensalada, que devoré como si fuera caviar de beluga.

Ya estaba, el primer día había sido un éxito total, lo habíamos disfrutado y podíamos pensar en un día dos. Asi cada día, paso a paso…

Desde hace unos días puse unas fotos en el picasa, de los primero días… pasen y vean!

Cruzamos…

Ya ven que el equipo “Atletismo Arroyo” lo consiguió…
Por ahora les dejo esta foto de la llegada del segundo día, el día más corto, pero más rápido. Fue una experiencia increíble y haberla compartido con alguien de la calidad humana de Miguel, fue lo una de las mejores cosas. Formamos un excelente conjunción, y hubo momentos en que yo necesité su apoyo y viceversa… ¡Gracias!