Karma

El martes cayó sobre Buenos Aires una tormenta infernal. A eso de las 14:45, mi jefe me dijo: “Anita, si querés ir yendo, andá, que se viene una tormenta de aquellas”. NI presta ni perezosa, apagué todo y una hora antes de mi horario habitual, estaba tomando el tren de regreso a casa, y eso que había perdido justo un tren cuando llegaba.
No se bien en que planeta habré estado visitando durante el viaje, que de repente me doy cuenta que me había pasado de mi estación, y no solo una o dos ¡me había ido hasta el final! Miré por la ventanilla y estábamos llegando a Chacarita.
A esa altura el diluvio era universal, y me tuve que bajar de un tren, para subirme a otro de vuelta, esperar a que saliera ya que recién salía uno a las 16hs, o sea largos 15 minutos tenía por delante.
Finalmente arrancó y parecía una autómata mirando pasar las estaciones y chequeando con el cartelito del recorrido: no quería bajo ninguna circunstancia volver a pasarme.
Se abrió la puerta en Devoto, y la gente que subía no me dejaba pasar, desesperada por entrar al vagón y no seguir mojándose por la lluvia. Ya me estaba viendo como en un dejavú sin poder bajar.
Por suerte logré descender. En la esquina veo el colectivo que me tenía que tomar para casa, me lancé en una carrera loca con el agua chorreándome y pisando charcos a diestra y siniestra. El bondi tenía la puerta abierta, asi que era cuestión de saltar el lago que se había formado entre la vereda y la calle, y ya estaría a salvo.
Pero como en una escena en cámara lenta, pisé mal y comencé a caerme para un lado, logré agarrarme de la baranda de la puerta, pero apoyé todo mi peso en mi rodilla derecha que viene dándome un poco de guerra últimamente. Sentí un terrible tirón y maldije por dentro. El chofer en su obra de bien del día, me hizo algun comentario medio gracioso —que no recuerdo— para evitarme un poco el bochorno, pero ya todo el colectivo me miraba con cara de “ayy pobre” así que me senté rápido y silbando bajito seguí maldiciendo mi mala suerte.
Me acordé de la película que había visto el lunes en el cine “El curioso caso de Benjamín Button” y pensaba: si no hubiera perdido el primer tren, si hubiera estado atenta a bajarme donde debía —que en ese momento no llovía tanto—, si no me hubiera atolondrado a correr como desaforada para alcanzar al bondi… No me hubiera terminado de estropear la rodilla.
Voy a tener que buscarme una de madera para obtener alguna tregua de ella.

¡cerrala fuerte!

Cerrar la puerta de esa casa para siempre, fue algo largamente atesorado en mi interior. Desde el momento que me había mudado ahí, la había odiado: era como esas mujeres grandes, que ya han perdido la forma y la belleza por el paso de los años o porque no se interesaron en ellas mismas.
En el caso de la casa en cuestión, había pasado de mano en mano sin que nadie le prestara demasiada atención. Y cuando me llevaron ahí, lo hicieron adornándome el oído que la íbamos a arreglar, pintar y no cuántas cosas mas. El caso es que fueron pasando primero los meses, y después los años, y todo siguió casi igual.
En algún momento me agarró el ataque y fui a comprar pintura para tomar el toro por las astas, fue en una semana santa que tenía algunos días libres y la pasé con el pincel y el rodillo día y noche. Me harté de pintar, porque recién a la cuarta mano, pude hacer que se dejen de ver unas guardas espantosas que tenían a un metro del piso en un verde horrible sobre un beige-amarillento-subidón, y solo cuatro porque entre la segunda y la tercera, le dí únicamente sobre la franja para ver si desaparecía por fin, cosa que no hizo en la tercera, y por eso tuve que recurrir a la cuarta.
Había agrupado en el centro de living todos los muebles y los había tapado. En ese entonces, no había niños pequeños dando vueltas. Y tenía mas libertad de acción en cuanto a mis movimientos.
No se puede negar que era como hacer terapia, y con aliciente que te ahorrás la guita del pintor y del terapeuta!
Tantos años después de aquel brote artístico, di dos vueltas a la llave, levanté nuestras bolsos y nos fuimos con los ojos abiertos, observando a nuestro alrededor, intentando no perdernos de nada.
*foto: alejandro espinosa.