[Crónica de una recuperación anunciada]


No se bien a que le tenía miedo, tampoco si era realmente miedo. O si.

Habían transcurrido alrededor de 3 meses sin correr, lo último había sido un cross en Ezeiza y había sido el trampolín para una larga “convalescencia autoimpuesta”. Me daba cuenta que algo en mi rodilla no estaba bien, pero tampoco iba al médico. No hacía nada.

Comenzé a nadar, alguna clase de spining, bici fija y musculación en el gimnasio; cuando terminaba la clase, sentía que en mi rodilla algo helado me quemaba.
¿Cuando vas a correr a Ani?” Era algo que escuchaba asiduamente, para lo que no se me ocurría respuesta alguna. Internamente me decía “Tal día salgo a probar, a ver como me siento“. Pero ese día nunca llegaba.
Cuando pasaba por las máquinas del Gym haciendo la rutina y me tocaban las piernas, la derecha —la mala— no respondía, había perdido fuerza… y lo compensaba con la deseperación que iba ganando, sin saber que hacer.
Hasta que de casualidad, un amigo que tiene el mismo Karma que yo, me recomendó su Kinesiólogo Deportivo, que a él lo había ayudado mucho (en realidad, yo no creo en las casualidades, para mi estas cosas forman parte del destino de cada uno), y así fue como empecé a encauzar el problema.
El primer día que fui, me hizo una serie de pruebas, entre las que estaba una en la cual medía mi capacidad de salto (explicándome que el correr, es algo así como saltar también, con palabras mas científicas ovbiamente). Era notoria la diferencia entre cada pierna, con la buena llegaba a saltar mucho mas que con la mala. También me hizo pruebas de fuerza.
Comenzamos a hacer ejercicios de fortalecimiento específicos para “personas que pretenden correr”.
Ese día, me dice: “ahora vamos a hacer los saltos“. Vi el circuito que me había armado con un pequeño trampolín, un step y una mini cama elástica para que vaya y vuelva en una pierna y no me imaginaba haciéndolo. Pero, comienzo…y cuando voy del trampolín al step, mi rodilla se dobla y caigo. Frustración mediante, volví a empezar con la determinación de hacerlo bien.
No se si fue ese primer día o el siguiente, que me hizo subir a la cinta a correr. Me sentía arriba de una nave interplanetaria, pero como en un sueño comenzé a rodar sobre la máquina, y sin que me duela nada. Bajé luego de 15 minutos, sin poder creerlo ¡había corrido! “¡corrí, corrí!” le decía alborotada al kinesiólogo…
Y así seguí: todos los días en casa hacía los ejercicios, una vez por semana iba con él, seguía yendo al gym, nadaba y metía alguna clase de spinning .
Hasta que otra casualidad, me puso con una entrenadora (¿dije ya que no creo en ellas?*).
Hoy en día, poco a poco (muy de a poco) voy aumentando el volumen semanal, trabajando en distancias cortas velocidad y sintiendo un hormigueo de escaparme a correr por ahi… (pero mas cauta que otras veces).

*en las casualidades, que en las entrenadoras, si son buenas, creo en ellas!